26 de junio de 2013

Condicionando el futuro

      Hace unos días presencié una conversación entre una madre y su hija, después de una discusión, en la que ella (la madre) le decía: 
-          “si ya sabes que yo te quiero mucho, pero cuando te portas bien…”
Así, leído en frío, lo vemos como una barbaridad, pero ¿de verdad a estas alturas nos pueden sorprender estos comentarios? Posiblemente sea el modelo materno-filial más habitual; desde luego es el modelo conductista que Supernanny, Estivill y compañía proponen en sus “métodos” y que luego miles de familias reproducen con más o menos éxito. Es bastante probable incluso que muchos padres y madres de familia lo hayan escuchado de sus propios progenitores y, lo que es peor, que lo lo hayan creído. 
Yo personalmente prefiero al Doctor Jekyll dicendo eso tan archiconocido de “Quiéreme cuando menos lo merezca, que será cuando más lo necesite” (R. L. Stevenson). Y es que si negamos la posibilidad de errar, de enfadarnos, de sentirnos humanos, estamos negando la posibilidad de decidir, y con ello, de crecer. Pero los adultos lo hacemos con bastante frecuencia: 
-          ¿No me das un besito? ¡ay! Qué triste me pongo, voy a llorar!
-          He estado cocinando toda la tarde, y tu ahora no comes nada…
-          Me encanta cuando me ayudas y recoges todos tus juguetes. 
El problema es que nos han hecho creer que todo en esta vida funciona a base de condicionamiento operante, de estímulo y refuerzo, y que además, lo podemos controlar, y que podemos modelar la conducta de los niños a base de castigos y refuerzos. Incluso hay gente que dice: “no, castigar no, pero hacer refuerzos positivos sí, claro”. Bueno, pues depende. Es muy simplista pensar que podemos modificar el comportamiento humano con la misma facilidad que el de una paloma en ambientes no controlados, como los de un laboratorio, pero esa es sólo una de las grandes críticas que se puede hacer al conductismo aplicado a los niños (el “conductismo fashion” que dice Rosa Jové):
Una crítica es que cuando sucede “algo” en lo que nosotros (los adultos) nos fijamos, también ocurren muchas otras cosas alrededor, antes, durante y después, que nos pueden  pasar desapercibidas pero que están ahí y que también influyen. Cuando estudié la carrera hice cientos de horas de observación (a bonobos, a niños, a adultos…) y era muy interesante comprobar que realmente era dificil que varias personas estuvieran absolutamente de acuerdo en lo que había sucedido,en lo de antes y lo de después. Esto, en entornos muy controlados ¿cómo exportarlo a lo que ocurre en una casa? Y el problema de esto es que el condicionamiento depende de unas variables muy precisas, que si fallamos en ella, falla el refuerzo de aquello que esperamos conseguir. Esto le pasó, INSISTO, en condiciones  muy estrictas de laboratorio, a Skinner y a alguna de sus palomas. 
Por otro lado, es terrible que queriendo reforzar conductas positivas silenciemos los fallos, los errores o actitudes que A LOS ADULTOS no nos gustan. Y es que si no acompañamos a los pequeños en la búsqueda de sus propias respuestas, en el afrontamiento de las consecuencias reales de sus actos ¿en qué estamos educando? En la competencia salvaje, en la individualidad y en el menosprecio a los sentimientos… estos, casualmente (o no) son algunos de los motivos que nos hacen estar encallados en la situación social en la que estamos. 
 
Del blog "Esas pequeñas cosas"
Y lo que realmente resulta peligroso de condicionar es que los aprendizajes no son elaborados, elegidos; se graban a fuego en la mente, sin análisis, sin valoración. No es una educación crítica y preparada para mejorar. Curiosamente, esto también lo explica muy bien un experimento de los primeros conductistas: en una jaula con el suelo electrificado metían a varios monos. Del techo pendían unos plátanos que en realidad eran unos sensores: cuando un mono cogía un plátano, los que estaban en el suelo recibían una descarga eléctrica. Los monos aprendieron pronto y molían a palos a aquel compañero que intentara comer. Cuando la conducta estuvo bien asentada, introdujeron otro mono que por supuesto, recibió la consabida paliza cuando intentó coger los plátanos. Poco a poco fueron reemplazando todos los monos del principio por monos nuevos que también intentaban comer plátanos antes de ser “persuadidos”, incluso por aquellos simios que no habían recibido descarga eléctrica ninguna. Al acabar el experimento, ningún mono había sido condicionado mediante descargas, pero no dudaban en atacar a aquel ignorante que tuviese pensado subir. 
Aquí  podéis ver una réplica del experimento de los monos y los plátanos, son apenas dos minutos y está subtitulado. 

¿Así queremos educar? ¿En el miedo, en la irreflexión? Pensemos en que lo que aprenden en los primeros años durará para toda la vida. ¿De verdad que lo que les queremos entregar para que salgan al mundo es una mochila llena de supersiticiones

Articulo original en Educarpetas

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